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La ecuación Dante
A partir de aquí, y a mitad de libro, los personajes son (y pido perdón por el monumental «spoiler» a aquéllos que se hayan saltado la introducción del artículo) transportados por separado (salvo Jill y Nate) a dimensiones alternativas. Y es aquí, en este giro tan inesperado como a priori bizarro, donde radica la gracia y el disfrute de la novela. Si bien al principio puede parecer una jocosa broma de la señora de Robert Holmes (a quien por cierto va dedicada la novela —qué tierno—) y la sensación del lector es como si le comunicaran que su pareja es de otro planeta, demuestra aquí la autora un buen dominio de otro género nunca antes cultivado por ella: la ciencia-ficción.
Eso sí, y aunque sea porque en la ciencia-ficción todo está ya dicho, los periplos de Handalman, Talcott, Andros, Wyle y Farris nos recordarán a otros muchos autores que han manejado sub-géneros similares, a saber:
La parte más relativamente original recae sobre Handalman, no tanto por el subgénero que toca, sino más bien porque de entre los de los cinco personajes, son estos pasajes que más conectan con la trama principal de la novela, sobre todo por el encuentro (alucinante y alucinógeno) de una persona que durante la mitad de libro había permanecido en el limbo (nunca mejor dicho): Yosef Kobinski.
Desconcertante (que no decepcionante) en su final, lo que era una novela pastiche de géneros, se convierte de repente en una historia de superación personal, con unos personajes que tras sufrir crueldades en mayor o menor medida (los mejor librados son la pareja de investigadores, que incluso terminarán enamorándose), acaban convirtiéndose en mejores personas, más concienciadas con el mundo que les rodea; y en unos superhéroes sin poderes pero con el suficiente coraje para enfrentarse cara a cara nada más y nada menos que con el Mossad y las más oscuras organizaciones secretas de los EE. UU.

Antes de La ecuación Dante, Jensen publicó El despertar del milenio. Se trata de una obra milenarista muy en la línea de Apocalipsis, de Stephen King, que abordaba un tema de sensibilidad religiosa (no olvidemos que es hija de un pastor fundamentalista) con un trazo asentado en la ciencia ficción más rigurosa (tampoco olvidemos que es suscriptora del Skeptical Inquirer).
¿Qué tal escribe Jane Jensen? Poca cosa a decir aquí, ya que su estilo es bastante común a tantos otros escritores de «best-sellers»; es decir, imitable por cualquier aspirante a escritor con un mínimo de talento. De todos es sabida la admiración de Jensen por dos grandes popes de la literatura basura (entendiendo el término no de forma peyorativa, ya que el que suscribe se traga doblada esta clase de lecturas): Anne Rice y Stephen King. De ellos ha asimilado varios tics bastante reconocibles en esta obra, así como suponemos que también en la anterior, Millenium Rising, publicada en España por Umbriel como El despertar del milenio.
Por un lado tenemos la forma cursi, a veces azucarada y, qué narices, horterísima, de mostrar una relación afectiva entre personas que se atraen, patente en las historias de Jill Talcott y Nate Andros (un personaje al que le sobran los diálogos presumiblemente graciosos durante toda la novela); y más concretamente en ese despertar sexual de la protagonista. Y por otro lado ese toque personal que tiene Stephen King de hacer que el narrador hable con la personalidad, filosofía y vocabulario del personaje, muy presente en la narración de Calder Farris, en el que el uso de este estilo narrativo cae en abuso a la vez que nos trae reminiscencias de otro personaje de misma ideología y profesión, el de la novela El cazador de sueños de, precisamente, Stephen King.
A pesar de ciertas partes (más bien poquísimas) que hacen decaer la acción, especialmente las vueltas de tuerca en la futurista búsqueda de identidad de Calder Farris durante su mini-historia, La Ecuación Dante se revela como una interesantísima macedonia de géneros, una piñata que al mínimo roce desata cantidad de guiños a otros autores y, en definitiva, corrobora que lo mejor que se le da a esta mujer es el arte de narrar, como bien ha demostrado durante toda su carrera.
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